¿Seguro que España es de izquierdas?
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El conservadurismo no es una ideología. Los socialistas, los comunistas, incluso los liberales tienen solución para todo. Son soluciones estáticas, pertenecientes a un esquema ideológico preconcebido. Cualquiera que sea la época, cualquiera que sea el lugar, cada ideología tiene su solución, siempre la misma, para cada problema. ¿Hay crisis económica? Los socialistas aumentan el gasto y suben los impuestos y los liberales disminuyen el gasto y bajan los impuestos. Los conservadores no tienen fórmulas mágicas para cualquier problema. Creen que sus complejas sociedades tienen siglos de historia, durante los cuales se ha avanzado penosamente hasta que se ha logrado construir un entramado de instituciones que funcionan razonablemente bien. Y creen, por tanto, que cualquier cambio que quiera introducirse en ellas debe ser cuidadosamente meditado y prudentemente puesto en práctica. No hay recetas garantizadas. Cada problema, cada nación y cada tiempo exigen soluciones diferentes, laboriosamente halladas, conectadas en cualquier caso a la propia experiencia. El conservador no niega el progreso. Se limita a exigir que se progrese con prudencia. En esto se diferencia del reaccionario, que se opone al progreso por el mero hecho de ser progreso. El conservador no se opone, lo acepta, siempre que no implique el desmantelamiento de todas esas cosas buenas que tanto trabajo ha costado poder disfrutar.
Las ideologías tienden a la utopía. Todas tienen un modelo de sociedad utópico al que tender. Los partidarios más extremistas de ellas desean que se impongan radicalmente. Naturalmente, cuando tal se intenta, el fracaso es estrepitoso y los daños en vidas y bienes, exorbitantes. El conservador, explica Kirk, desconfía de las utopías. Sabe que el mundo no es perfecto y que no lo será nunca. Sabe igualmente que, tras siglos de penoso avanzar, el hombre ha logrado, en algunos lugares de la Tierra, construir sociedades que le ofrecen cierto margen para desenvolverse en libertad y disfrutar de alguna prosperidad. Intuye que hay que proteger lo mucho que se ha logrado de los fanáticos ideólogos que regularmente tenemos que soportar y que se emplean con ahínco en tratar de imponer una sociedad ideal, que los conservadores saben impracticable.
Los conservadores recelan de las ideologías, desde luego. Pero también lo hacen del Estado. Lo saben necesario, pero dudan de que su expansión traiga necesariamente beneficios. Más bien al contrario. Recelan igualmente de las grandes compañías y corporaciones. Recelan del poder en todas sus formas. Tal es así que, siendo de natural religioso, el conservador recela incluso de la Iglesia si en su sociedad alcanza excesivo poder.
¿Esto significa que los conservadores no creen en nada? ¿Se limitan a recelar? En absoluto. Lo que pasa es que creen que cada problema tiene su solución al margen de fórmulas preconcebidas. Por eso los conservadores pueden estar en profundo desacuerdo entre ellos acerca de cuál sea la correcta solución a un problema determinado. Porque no tienen una ideología que les suministre soluciones automáticas. En lo que sí estarán de acuerdo es en que la solución ha de buscarse y, sobre todo, aplicarse con prudencia.
Pero creen en algo más. Lo que mejor diferencia a un conservador de alguien que no se siente tal es la convicción de que hay leyes morales inmutables más allá del alcance humano. Kirk cree que el conservador tiene que ser necesariamente un hombre con un mínimo de creencias religiosas. No parece que sea indispensable. Basta que crea en que hay leyes naturales que el hombre no puede cambiar. Asesinar es inmoral hoy, ayer y mañana, aquí y en la Cochinchina. El iusnaturalismo de los conservadores es precisamente lo que los enfrenta abiertamente a los socialistas. Y por eso los conservadores que simpatizan con alguna ideología lo hacen preferentemente con la liberal y les cuesta más trabajo hacerlo con la socialista. De hecho, el conservador no cree que la democracia sea la panacea, la solución ideal para toda sociedad en todo momento. Sí cree, en cambio, en el imperio de la ley. Siempre que esa ley sea respetuosa con las leyes naturales de la moral. Una sociedad en la que impera la ley puede avanzar hacia la libertad y la democracia. En cambio, tratar de construir la democracia donde no hay imperio de la ley es tanto como tratar de construir una catedral sin cimientos. Nuestra Segunda República es un buen ejemplo de ello.
Por todo esto y mucho más que nos cuenta Kirk, los conservadores no se hacen, sino que de alguna manera nacen. Nadie se despierta un día diciendo: "Me he hecho conservador", como otros sí se dicen: "Me he hecho socialista (o liberal)". Porque en la mayoría de las ocasiones el conservador no sabe que lo es. Lo que les ocurre a los conservadores que llegan a ser conscientes de que lo son es... que un día descubren que lo son. El conservador no alcanza su condición de tal a través de un proceso de convencimiento intelectual consciente, sino que se descubre conservador por el hecho de resistirse a aceptar que otros transformen la sociedad en la que ha nacido y se ha desenvuelto, y en la que hay tantas cosas que le gustan y que desea conservar porque le proporcionan un grado razonablemente alto de felicidad.
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