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El tributo

Por Patricio Crespo Coello

Érase un rey cuyas arcas se encontraban maltrechas. Pasaba las noches sin dormir, pues no podía concebir una idea para encontrar el tan ansiado oro. Sus consejeros le presentaban propuestas y el rey las rechazaba. Para disiparse, salió de su palacio en su carruaje real y miró a la gente que caminaba por las calles y que, a su paso, le saludaba con reverencia. Fue ahí que se le ocurrió una gran idea. Esas personas caminaban dentro de los confines del reino. No sabía hacia qué lugar preciso, pues caminaban libremente y se preguntó, ¿por qué pueden hacerlo? Se dio cuenta que él, sin quererlo, les había dado ese permiso. Entonces pensó que los súbditos debían pagar algo por tener el derecho de caminar libremente, debían entregar un tributo.

Regresó al palacio y escribió de su puño y letra un edicto real que establecía lo siguiente: “Todo súbdito, para obtener la licencia de caminante, entregará por adelantado cada diez años, diez gramos de oro, un gramo por cada año. En el caso de que el súbdito no acate la orden, la guardia real le tomará preso”. Y no importaba si el caminante transitaba poco, nada o mucho, incluso los paralíticos debían pagar pues igual tenían ese derecho, mal por ellos que no podían ejercerlo. Hizo unos cálculos y comprendió que el reino estaría bien provisto de oro para por lo menos la siguiente década. Llamó a sus consejeros y les leyó el edicto. Quedaron estupefactos con la idea, les pareció bella y perfecta y entonces se pusieron a trabajar con ahínco.

En los siguientes días la gente empezó a hacer largas filas y según lo previsto entregaron cada uno sus diez gramos de oro. Todos, los niños, los viejos, los enfermos, incluso los altos funcionarios de palacio. El mismo rey, para dar ejemplo, también hizo la entrega simbólica de sus diez gramos de oro.

En poco tiempo, el reino tenía tanto oro que el monarca llamó al mejor orfebre y le pidió una escultura en oro macizo para que represente la belleza de un caminante. El orfebre realizó con maestría la obra y todos los súbditos caminaban diariamente desde sus casas hasta el palacio para admirar la fantástica escultura. Estaban orgullosos, pues esa obra de arte, “El Caminante”, había sido realizada con su propio oro.

El rey también se mostraba contento. Ahora sus arcas estaban llenas de oro y sus súbditos, felices. ¿Qué más podía pedir? Hasta que un buen día salió nuevamente de su palacio en el carruaje real y miró a la gente caminando, pero esta vez observó con más atención. Miró sus rostros y sus expresiones y descubrió algo sorprendente: los súbditos pensaban. No sabía en qué, pero pensaban en algo y lo hacían libremente. Fue entonces que se le ocurrió una mejor idea.

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Comentario por Fernando Maldonado el octubre 22, 2009 a las 6:18pm
Excelente,
Comentario por Patricio Antonio Crespo Coello el octubre 23, 2009 a las 9:32am
Apreciado Fernando, muchas gracias por tu generosa palabra.
Comentario por Bernarda Cuesta R el octubre 23, 2009 a las 10:01am
Hola estimado Patricio, no me parece que sea generosa la apreciación de Fernando, tu artículo es excelente....¡qué miedo! Mejor que no salgan de Palacio, puden venirles más ideas....
Comentario por Patricio Antonio Crespo Coello el octubre 23, 2009 a las 10:33am
O si salen de palacio... que no regresen... Gracias querida Bernarda.
Comentario por déjenlóóóó volveéééér el octubre 26, 2009 a las 2:37pm
espectacular

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