El gobierno de Rafael Correa padece del síndrome de David. Este padecimiento como yo lo defino, consiste en un trastorno de tipo obsesivo, en el que el paciente sistemáticamente actúa bajo una lógica de persecución, y de reivindicación frente a un Goliat, unas veces existente y otras no.
El síndrome de David, a momentos se puede volver más crónico que en otros, y además está acompañado de una fuerte dosis de psicosis de la conspiración, es decir, aquel sentimiento de que un conjunto de hechos ocurridos no responden a una razón aparente, sino que responden a una trama mucho mayor, en la que intervienen maquinaciones e intereses malignos e infinitamente superiores a la obviedad de los hechos.
El síndrome de David, indudablemente produce trastornos en el juicio. Es decir un paciente que padezca agudamente de este síndrome, probablemente actuará sobre la base de juicios errados. Magnificará ciertos hechos, para plenamente ejercer su derecho en la vida a ser David, y seguramente minimizará los potenciales riesgos y consecuencias de su eterna e inacabada batalla contra el Goliat imperialista.
El emprender una cruzada transatlántica antihegemónica en pleno siglo XXI, en un mundo que se está reconfigurando hacia la multipolaridad, y en donde el escenario de la guerra fría sencillamente caducó, parece que no puede ser explicado de otra forma, que como un gesto simbólico de aquel David, que habiendo visto caer el muro de Berlín hace años, se resiste y sencillamente no aguanta sus ganas de hacer un desplante, aunque sea 19 años después.
El presentar una auditoría de la deuda, que incluye imperdonables omisiones de la historia, para concluir que la deuda es ilegítima y que buscaremos no pagar, iniciando además un periplo hacia los países que Grace Jaramillo denominó los Jinetes del Apocalipsis, también resulta una movida bastante típica de este David algo quijotesco e inmaduro. El asumir que esta supuesta dignidad compensa las restricciones de acceso a crédito externo por la elevación del riesgo país, es síntoma crónico del síndrome.
Celso Amorin, canciller brasilero, lo puso en términos muy simples. Ha dicho que el Ecuador se ha disparado en los pies. Y es que cuando David está en sus cincos sentidos, pelea contra Goliat de manera sesuda e inteligente, usando sus mejores armas. En cambio, cuando deja suelto su impulso irrefrenable de ser David y de ser reconocido como tal por el mundo entero, entonces el atolondramiento le puede más, y hasta puede confundir con qué Goliat tiene que pelear y, en los casos más patéticos, puede terminar siendo un David suicida.
El escenario mundial en el 2009 se presenta adverso. Barack Obama ha dicho que la crisis estadounidense empeorará antes de mejorar. Mientras tanto, Rafael Correa, David por excelencia, se empeña en pelear con Goliats reales e inventados. Es triste constatar que el síndrome padecido no hace sino alimentarse y crecer con la ayuda de los áulicos del régimen.
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